De los 'incel' al 'looksmaxing'
El embudo de la extrema
derecha en redes
La derechización de la juventud se ha convertido en una de las grandes preocupaciones sociales de nuestro tiempo, y mi generación parece que va a pasar a la historia como la primera que ha aportado más retrocesos que avances a la humanidad.
Esto es algo que nos afecta especialmente a los hombres, cada vez más inmersos en una burbuja de masculinidades tóxicas a la que somos empujados por las redes sociales. Una especie de agujero de conejo infernal, donde sólo escuchamos los ecos de nuestras voces y donde los magnates tecnológicos nos tapan las salidas en favor de visualizaciones, retención y engagement. Con la técnica tradicional, pero efectiva, del palo y la zanahoria todos somos llevados de forma obediente a un ambiente repleto de crispación y narcisismo.
Los therians son solo el último ejemplo de narrativas creadas por la extrema derecha y amplificadas por los algoritmos. Para una generación, como es la mía, que ve el mundo a través de pantallas, la manipulación es más sencilla. Y los populismos aprovechan esta vulnerabilidad para captar seguidores, explotando los miedos de una juventud desesperanzada. "Seguramente nosotros vamos a vivir con más limitaciones y de una forma peor que nuestros padres”, afirma Alejandro (Madrid, 2003), un joven preocupado por su futuro.
Este fenómeno toma especialmente como víctimas a los hombres de la Generación Z y Alpha (los nacidos de 1995 en adelante). La investigadora Alice Evans señaló para el Financial Times que la Generación Z consta de dos generaciones, no una: a diferencia de las generaciones anteriores, la Generación Z muestra tendencias muy distintas entre hombres y mujeres.
En España, se observa un aumento muy significativo de la brecha ideológica entre hombres y mujeres en la comparación a través de los años de los barómetros del CIS.
Hasta 2018, las diferencias ideológicas que había entre las personas de ambos sexos que tenían entre 18 y 24 años apenas llegaban a superar el 0,1. Desde aquel año, los hombres han llegado a situarse hasta un punto más de derechas que las mujeres.
Los jóvenes también observan estas diferencias entre sus círculos. Lucía (Toledo, 2003) percibe que los hombres de su entorno cada vez tienen más asentados discursos de odio hacia minorías: "Me ha pasado hace poco de tener que decir: «lo que estás diciendo es un discurso de odio, te lo podrías hacer mirar»".
Esto no es un fenómeno exclusivo de España, sino que se puede observar en prácticamente todos los países occidentales. En las elecciones alemanas del año pasado, el partido más votado entre los hombres jóvenes (18-24 años) fue la AfD, de extrema derecha. Mientras, la opción más votada entre las mujeres de esta misma franja de edad fue el Die Linke (“La Izquierda”).
Las estadísticas sitúan el cisma en 2018. Este fue el año de la explosión de la cuarta ola feminista, con las manifestaciones del 8M y el inicio del #MeToo. Mientras, en España, el caso de La Manada daría lugar al movimiento ‘Yo sí te creo’ y a una gran conmoción social. Ante esto, muchos hombres admitieron sentirse desplazados y atacados por el nuevo impulso feminista. Sin embargo, esta no es la única explicación.
2018 se sitúa también en un marco de auge de las redes sociales, en donde los formatos algorítmicos se fueron abriendo paso, marcando la forma de pensar de toda una generación. Sin embargo, estos algoritmos tienen unos sesgos muy claros. Para la experta en redes Janira Planes (Barcelona, 1997), hablar de algoritmos es hablar más de sensaciones que de hechos probados, ya que “las plataformas son muy opacas y facilitan pocos datos”. Sin embargo, ella observa un evidente sesgo de género en el contenido que recomienda el algoritmo. Para verlo, dice, podemos hacer el experimento de crear una cuenta de TikTok desde cero y observar las diferencias cuando nos registramos como hombre y cuando lo hacemos como mujer: “Es más fácil que si te registras como hombre te aparezcan vídeos de chicas bailando, mientras que si lo haces como mujer aparecerá más contenido relacionado con la moda o el hogar”.
Lejos de quedarse en algo anecdótico, estas diferencias en el contenido que nos muestran las redes acaban consiguiendo que la conversación se disgregue, creando muros invisibles y distanciando a hombres y mujeres que comparten generación, ciudad, trabajo o familia.
Este cóctel de elementos explosivos ha llevado al surgimiento de una gran comunidad online masculina, donde el victimismo y la exaltación de los valores tradicionales predominan en el discurso. Aquí, los memes, las rutinas de gimnasio y la nostalgia hacia un pasado no vivido sirven de lugares felices en los que evadirse. Por su parte, los partidos y movimientos de extrema derecha han sabido aprovechar la situación para diseñar estrategias online que conecten con estos refugios masculinos y así atraerlos hacia ideas radicales que buscan señalar culpables.
Distancia ideológica media entre hombres y mujeres de entre 18 y 24 años por año desde 2001 (el 0 es la paridad)
Elaboración propia — Fuente: Barómetros mensuales del CIS (2001-marzo 2026)
Media de autoubicación ideológica de hombres y mujeres de entre 18
y 24 años por año desde 2001 (1= más a la izquierda; 10= más a la derecha)
Elaboración propia — Fuente: Barómetros mensuales del CIS (2001-marzo 2026)
Aunque estas tendencias son eminentemente masculinas, en el último año observamos también una réplica en el mundo femenino que bien podemos incluir dentro de la cultura de la manosfera. Al final, estos influencers masculinos abogan por una vuelta a los roles tradicionales tanto para hombres como para mujeres. Que el hombre recupere el rol de proveedor, y la mujer el de ángel del hogar. Aquí cobran importancia influencers como Nara Smith o Ballerina Farm, las conocidas como tradwives.
Mujeres que se graban vídeos mostrando un modo de vida rural, en donde sus tareas diarias consisten en el cuidado del hogar y de los niños, y en la cocina. Para Janira Planes, este contenido ha alcanzado mucha trascendencia porque se ha convertido en algo aspiracional para muchas mujeres y hombres. Una vuelta a un modo de vida pausado en un contexto donde todo se acelera. El problema, señala, es que también tiene otra capa de lectura: la de la vuelta a los roles de género tradicionales.
Tradwives: la réplica femenina
Pese a que en 2018 se materializó este cisma, el clima de polarización y radicalización se venía gestando años atrás. Nos tenemos que remontar una década antes, a la crisis del 2008. Esta supuso un caldo de cultivo para el surgimiento de nuevas organizaciones políticas antisistema que prometían acabar con los partidos tradicionales. Un ejemplo es el Tea Party en EE. UU., de donde surgirían figuras como Donald Trump o Marco Rubio.
Paralelamente, es en estos años cuando entre los rincones ocultos de internet surgen comunidades de “lobos solitarios”. Hombres jóvenes que conversaban en foros como 4chan o 8kun acerca de la maldad de las mujeres, compartiendo experiencias personales sobre relaciones frustradas con ellas. Esta tóxica sororidad masculina llegaría a nuestros días como la comunidad incel (acrónimo de celibato involuntario). A diferencia del discurso machista tradicional, basado en la superioridad del hombre frente a la mujer, estos incel basaban su misoginia en la victimización. Eran jóvenes que se creían en el derecho de exigir atención y cuidado por parte de las mujeres, y que al no obtenerlo sentían rabia y frustración.
A lo largo de la década de 2010, tanto la comunidad incel como los movimientos antisistema de extrema derecha fueron expandiéndose gracias al desarrollo de internet.
Con el boom de YouTube, internet dejó de ser un espacio de conversación bidireccional para priorizar la relación creador-consumidor. Este cambio transformó los ocultos foros incel en canales masivos donde los creadores propagaban ideas misóginas y de extrema derecha. Pasaron de los rincones polvorientos de la red a ser hiperaccesibles en la página de “recomendaciones”. Son muchos los periodistas que han analizado cuál es el contenido que YouTube te mostraba ahí, y descubrieron que, a medida que un individuo veía vídeos de política, el algoritmo de YouTube iba recomendándole contenido cada vez más extremista. A esta dinámica se la llama rabbit hole (agujero de conejo).
De esta manera, se configuró la estructura de embudo. Los usuarios acceden a las redes para ver diversos tipos de contenidos, pero poco a poco son llevados a los mismos vídeos de ideologías extremistas.
Así, aunque la crispación y polarización ya existían de antes, los feeds algorítmicos las potenciaron. Para Emilio Doménech (Alicante, 1990), periodista experto en tecnología y política estadounidense, “las redes sociales y, sobre todo, los feeds algorítmicos llegaron en el momento perfecto para que EE. UU. explotase, y con ello muchos otros países”.
De la crisis del 2008 al boom de YouTube
2018: el año del cisma
En 2018 las crecientes narrativas misóginas y los movimientos antisistema de extrema derecha dieron con dos claves: el enemigo común y la perfecta herramienta de propaganda.
La institucionalización del feminismo tras el #MeToo y el 8M convirtió el antifeminismo en la nueva rebeldía. Y organizaciones políticas como el Partido Republicano de Trump encontraron en los creadores extremistas, aupados por los algoritmos, la forma de conectar con unos jóvenes que ya no veían la televisión, sino YouTube.
Así, aquellos adolescentes que eran aún demasiado jóvenes para participar del movimiento feminista, y que además se sentían desplazados y excluidos de él, vieron estos movimientos como una amenaza. Para jóvenes como Andrés (Madrid, 2010), de 16 años, “el feminismo extremo ve a todos los hombres iguales y eso hace que muchos hombres estén en contra del feminismo actual ".
Mónica Sánchez es orientadora y profesora en un instituto de Madrid. Ella ve esta deriva antifeminista día a día en las aulas, y observa un gran cambio en los últimos años: “Hace años escuchaban el feminismo con curiosidad. Ahora se sienten amenazados”.
Además de esta institucionalización del feminismo y del llamado wokismo, en 2018 también aterriza en gran parte de los países occidentales la red social china TikTok. Esta plataforma acabaría revolucionando el panorama digital con un novedoso formato basado en vídeos cortos verticales que la propia red social te recomendaba basándose en el contenido que te gusta. En pocos años, miles de creadores se registraron en la nueva plataforma y comenzaron una lucha encarnizada por que el algoritmo les recomiende.
El poder del algoritmo
La realidad es que sabemos muy poco sobre el funcionamiento de los algoritmos. Las grandes compañías que hay detrás de las redes sociales son muy escrupulosas a la hora de revelar en qué se basan sus plataformas para recomendar contenido.
Sin embargo sí que hay algo que podemos decir con seguridad: desde la Pandemia, las redes sociales se han derechizado. “Veníamos de una época en la que el péndulo estaba muy favorable a todos los argumentos de la izquierda, que decían que había que moderar mucho más las redes sociales”, asegura Doménech. En 2021, tras el asalto al Capitolio por parte de los seguidores de Donald Trump, Meta eliminó los perfiles del por entonces expresidente en todas sus redes sociales (Instagram, Facebook). Este hecho es paradigmático, ya que a día de hoy Mark Zuckerberg, CEO de Meta, es un hombre de confianza dentro del Gobierno de Trump.
El punto de inflexión fue la compra de Twitter por Elon Musk en 2022. Al transformarlo en X y eliminar casi toda la moderación de contenido, los discursos de odio y la desinformación proliferaron. Plataformas como TikTok o Instagram acabarían imitando este modelo por un doble motivo: ideológico, bajo la excusa de la “libertad de expresión", y económico, ya que el extremismo genera más visualizaciones y engagement. Y, por tanto, más beneficios para la compañía.
Esto ha llevado a que las redes se copen de contenidos polémicos, provocando un sentimiento de desidia y de agotamiento entre los usuarios. Al final, todo alimenta la idea de que vivimos en un mundo decadente y polarizado en el que tiene que haber un cambio de paradigma. Y ahí es donde aparecen figuras como Trump en EE. UU., Milei en Argentina o Abascal en España, que prometen esa alternativa que quiere acabar con la dictadura de lo woke que nos ha traído a este punto.
Además, muchos creadores han acabado buscando deliberadamente ser polémicos, extremando sus opiniones a cualquier precio con tal de ganar visualizaciones. Esto ha recibido el nombre de ragebait (cebo de ira), referido a la acción deliberada de despertar la ira del usuario para que este se quede a ver el vídeo e interactúe con él (comente, lo comparta, etc.). El “que hablen de ti, aunque sea bien” de toda la vida.
Esta vorágine de odio, polémicas y engagement ha acabado convirtiendo las redes muchas veces en vertederos digitales donde los creadores están dispuestos a absolutamente todo con tal de que el algoritmo les favorezca. Desde darle una oreo con pasta de dientes a una persona que se encontraba pidiendo en la calle, hasta aprovechar un discurso en una gala de premios para criticar a una compañera de profesión que no estaba en el evento.
Y dentro de este ecosistema propio, los incels se han hecho camino y han acabado copando las redes.
La colonización digital de la manosfera
“Tengo una empresa que representa a creadoras de contenido en OnlyFans. ¿Me parece bien? No. ¿Obtengo un beneficio? Sí. Soy un hombre de negocios, no lo hago para divertirme. No dejaría que mi hija se metiese ahí, la repudiaría. Igual que si mi hijo fuese gay”. Esta declaración corresponde al influencer británico HSTikkyTokky en el documental Inside The Manosphere (Netflix, 2026).
Desde 2018, este funcionamiento de los algoritmos han ido aupando a toda una serie de influencers hombres que tienen su origen común en la comunidad incel. Las redes se han llenado de gymbros, criptobros y trollers que proponen un nuevo modelo de masculinidad basado en la fortaleza física, la mentalidad de tiburón en los negocios y el odio exacerbado hacia las mujeres, la comunidad LGTBIQ+ y la izquierda política, muchas veces manifestado a través del humor y la ridiculización. Una forma de masculinidad performática que consiste en hacer de “macho” para mostrarme al mundo, y utilizar eso como caparazón, además de como fuente de ingresos. Todo siempre fundamentado en el victimismo y en la idea de lobo solitario que tiene que ganarse las cosas por sí mismo, porque la sociedad nunca le dará nada.
Toda esta manosfera ha conectado con el sentir de jóvenes de entre 15 y 30 años, que se han sentido desplazados por el feminismo y creen que el mundo es hostil. Andrés (Madrid, 2010) es un joven de 15 años que consume habitualmente a RickyEdit para “obtener un punto de vista crítico de la sociedad”. Este influencer ha destacado como una de las principales figuras que utilizan el humor y la ironía para atacar el movimiento feminista y la cultura woke, muchas veces encarnando discursos de odio. “A algunas personas les pueden parecer discursos de odio igual que a otras les puede parecer supergracioso”, defiende Andrés.
La cultura gymbro, fomentada por influencers como LladosFitness o Andrew Tate, ha acabado derivando en la idea de que el físico es algo que se puede construir y moldear. Esto llegó a su máximo exponente este año con una tendencia a la que se conoció como looksmaxing, que consiste en toda una serie de rutinas que se difunden por redes y con las que se busca llegar a un arquetipo de belleza conocida como “gigachad”. Mandíbula y mentón prominentes y ojos achinados son sólo algunos de estos rasgos, que estos jóvenes defienden que se logran mediante técnicas como el mewing (apretar la mandíbula para fortalecer los músculos), el bonesmashing (golpear los pómulos para endurecerlos) o estirarse los ojos con los dedos varias horas al día.
A fin de cuentas, una performance por la que los hombres buscan su identidad a través del físico. Todo versa en torno a la idea de que mi hombría se basa en mi aspecto, y aquel que no lo cuida o no hace los sacrificios suficientes para mejorarlo, no es lo suficientemente hombre. Un canon de belleza masculina de hombres para hombres.
El looksmaxing y la cultura gymbro
Todas estas tendencias y creadores tienen que ser miradas con recelo. Las redes son un mercado en donde hay metidas muchas marcas y muchos fondos de inversión, y en donde todos buscan llevarse un rédito económico. Esta vorágine tóxica de contenidos basados en el odio no sería posible sin todo un aparato que busca lucrarse de la polémica y sembrar la crispación en la sociedad para obtener un beneficio político.
La extrema derecha ha sabido aprovechar ese ecosistema en su favor, entendiendo cómo funcionan las redes y los formatos algorítmicos para que estos les hagan ganar apoyos entre los más jóvenes. Casos de éxito como el Bukele en El Salvador o Trump en EE. UU. son ejemplos de ello. En el caso de Bukele, imitando la estética criptobro de Andrew Tate e invitando a youtubers a mostrar su cárcel de máxima seguridad. En el caso de Trump, mediante la creación de memes que buscan ridiculizar lo woke e incendiar con polémicas las redes sociales.
Aquí también hablamos del papel que han tenido los influencers. Un sector que muchas veces ha priorizado su beneficio económico antes que el beneficio de la sociedad o la salud de sus consumidores. El influencer Helio Roque (Badajoz, 2002) habla de la falta moral que hay en su sector: “¿Qué no dirán los influencers cuando se les diga «oye, si tu contenido no es apropiado para un niño, igual deberías cerrar tu audiencia a ese nicho»?”.
También, Mónica Sánchez, orientadora en un instituto de Madrid, alerta de la responsabilidad que tienen los padres en los contenidos que ven sus hijos y que luego replican: “Los padres sí conocen estas conductas. Les hace incluso gracia. «Lo tiene clarísimo», dicen, «y mira que en casa no ha escuchado nunca hablar de política». Pues, igual, ese es el problema”, afirma.
La falta de regulación institucional ha convertido las redes en una jungla gobernada por el algoritmo. Ante esta desprotección, muchos intentan abandonarlas sin éxito. Janira Planes aboga por buscar refugios seguros: “tendremos que enfrentarnos a hacer una limpieza de nuestro feed”. La clave pasa por recuperar el control que cedimos al algoritmo para dictar nuestros gustos y opiniones, y aprender a usar la red a nuestro favor.
El reto pasa por recuperar el control. Debemos replantear nuestra forma de descubrir contenido y volver a un internet primigenio que priorice las relaciones bidireccionales frente a la observación pasiva. De lo contrario, seguiremos siendo víctimas de algoritmos diseñados para distanciarnos y enfrentarnos en beneficio de unos pocos.
Doménech concluye diciendo: “Creo que va a haber un cambio en los medios de comunicación y en la creación de contenido que va a hacer que la gente empiece a salirse de los feeds algorítmicos para intentar tener más poder de decisión sobre lo que consumen en su día a día”.